La loza y el tero

por elpespir

Me pasa aquí con ustedes lo mismo que al trompo, cuyo ente no termina de completarse en el girar ni emprende una tarea definida mientras cae o se queda quieto. Antes queríamos saber lo que significaban los versos, para eso leíamos a Emeterio Cerro; hoy tratamos de pararnos derecho para que no se sobrecargue la columna. Esa indiferencia barroca en la inercia de ayer se ha trocado en dolores y los achaques van de a poco ganándoles terreno a las figuras retóricas. Para la heráldica bonaerense el tero representa la madurez del poeta, cuando este ya anda solo o grita si aparece visita.

“¿Qué costo tiene?”, “¿Cuánto me vas a cobrar por esto?”, “¿Y pagan seguridad?”: preguntas casi todas que los turistas se hacen frente a la obra de Emeterio Cerro en Balcarce; su etapa de la loza cuneiforme y el silabario. Ese cosmopolitismo adrede que ha sabido ganar nuestra cerámica, ¿sería posible pensarlo ahora desde adentro de las vasijas usadas como simples recipientes? Como con las remeras, llevar un mensaje estampado en la panza y tener que doblarse para poder leerlo.

Cada vez que el arte hace un movimiento, un montón de ciudadan@s nos convertimos en tarad@s o viceversa. Esta alquimia del verso, igualadora y democrática, mueve la vara de lo estúpido posible. La fantasía de un remedio radica, para el poema, en la propia voluntad que tiene el lenguaje de fabricarse una vacuna y de pensar la convalecencia. Para el poeta, en tanto posibilidad de remedio, su fantasía es la que cura mientras inconscientemente le da forma a la epidemia. Esa alarma que despertó a Carriego a la poesía y mantuvo cautivo a Olivari con su dactilógrafa, a Cerro todavía se le niega por difícil.

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