Los pedazos

por elpespir

Un tenis melancólico yacía y supuraba viscosidades nauseabundas

en mis señoras de los placeres anestesiados con su chorro negro de lenguas

de lagarto que buscan imperiosamente lamer válvulas hasta volverlas osos

que se desorientan de tu mano con el vapor rosa del efluvio.

 

Yo te seguía, a tontas, cuando desenroscabas la serpiente

entre las carpetas de mis últimas producciones

y encontraba un trozo de tu cuerpo para sonreírle a cada instante.

La mínima luz de una mesita me hacía estremecer hasta caer borracho.

 

Fumaba en las esquinas o veía al viento pasear cogoteando.

Los ojos de una vecina eran rojos y helados.

 

Tras la araña que formaban los olores con los miles de hilos

de sus fragancias insondables, nuevas al respirar a todo lo largo del verano,

más frescas que el árbol de donde cuelgan los delfines que no se operan,

tus pedazos vagaron solitarios por mis heridas que se abrían como hebillas.

 

Y a una señal, en el misterioso carrusel de las modificaciones, se hizo una espiral.

 

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