Cuadernos del Pespir

Textos / Apuntes

Mes: abril, 2013

Guía para entender la poesía visual

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A. El poeta

B. La birome

C. Las 3 laringes

D. La pócima

                     ¡ES FÁCIL Y RÁPIDO!

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NO EXISTE NINGUNA MARCA discursiva que presente los ejemplos como respuestas a una posible voz cuestionadora. Se trata de una seudo-autoridad en el procedimiento. Disponemos para ello de un aparato de funciones: tocar el botón de una persona.

/…/

Se introduce la tarjeta de “COSPEL” en la ranura que está debajo de la botonera, se apreta el botón y empieza: tenés que comer las pastillas esquivando los fantasmas. Lo menciona Rosetti con otras palabras: “Incluso las reacciones motoras del hablante experimental deben ser orientadas mediante flechas o consignas.” 

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Si el ferretero te dijera

 

Que Neptuno va rodeado de una espiral de rubíes y faunos

y que sus playas no tienen el agua sino el perfume y los sábados

al mediodía, dudarías hasta de la solidez de los patos que flotan

en la laguna.

 

Afortunadamente todo parece por aquí más sencillo.

 

Caminás por las calles repitiendo una tonada de moda.

Tirando al aire una moneda, como quien se juega un imperio,

vas mirando a las ofertas y a los saldos,

contento con el ruido que hacen las palabras.

 

 

En una solitaria tarde

 

A Fariña le habían salido los dientes.

Motivo de alegría en un principio fue lo que aseguró el tío Hugo a las mellizas: parece que estuviese hecho de Kiss contra los fantasmas.

¡Pobre! Sufría.

Para atenuarlo la madre fue hasta la cocina y le puso las pilas al dúo de Barraba y de Gorci. Con la careta el tío Hugo era la sencillez + él. La división de Fariña x el dúo daba = al tío sin careta. Porque con la careta el tío – Barraba sobre Gorci solía dar más o menos 25.

El hecho fue que con la excusa de pedir prestado un paquete inútil, Barraba empezó a escuchar las voces provenientes de la almidonada cabeza. Se detuvo y miró hacia atrás. No había nada, las plantas del palier, un colchón, dentífricos, chauchas.

Volvió sobre sus pasos, tratando de recomponer la posición anterior, y al hacerlo oyó el eco lejano de una radio encendida. Lo malo fue que de las orejas de la cabeza se escuchaba un eco lejano.

Barraba subió el volumen de la radio, mentalmente hablando, y empezó a escuchar entero y claro sin perderse una de todas las voces. Para mí que NO se dijo Barraba y a la pregunta de si estaba bien que ocurriera eso le respondió.

Aunque el propio Barraba no se mostró partidario de esta idea, la de que hubiese gato encerrado en ese lapso, entre que salió de su casa y fue para conseguir el paquete. Se dio vuelta. Se paró en donde antes tenía la espalda, ahora que veía con los ojos enfrentando el cristalero.

El volumen de la radio, supuesta en este momento, para ponerle un nombre: otros podrían decir Radio Holanda o por qué no Radio Tandil. Lo anotó en su cabeza, mentalmente, con una lápiz bastante menos imaginario y un sacapuntas experto que se las trae.

Dio un paso hacia atrás, adonde se suponía debían estar las sillas. En su lugar encontró esto. Trató de ponerse erguido, de parecer en caso que hubiese espejo salir paralelo a alguna raya. Si era la del traje, mejor. Suspiró Barraba. Y si al traje alguno le quería poner antena, cosa de ellos.

Barraba pensó en un moderno traje con solapa. Se miró en el espejo. Con lo que vio apretó una propia síntesis, personal. Una cariñosa máquina, lampiña, que repite y repite, repite, repite.

Como salido de un murmullo en ese lugar se encontró cuando caminaba en busca del paquete y escuchó los ecos. Paró en seco. Giró sobre sus talones. Le musitó de frente al cristalero.

Por esta vez la dejó pasar. No sería la última, claro que no. ¡Claro que NO!, expresó Barraba buenamente: ya tendría oportunidad de agarrarlo de las solapas y probarlo con la cariñosa máquina lampiña.

En la cocina se hizo un silencio que volvió del palier a la radio, por la oreja de la almidonada cabeza. Poniéndolo en un esquema la cosa se vería más o menos así: a la derecha, sobre una cómoda, se repetían los Barrabas y los Gorcis. La madre subía el volumen que emitía la radio hacia la cabeza. El mensaje pasaba de oreja en oreja mediante una serie de ondas proto-hertzianas, las cuales una vez en el centro de la antena a Fariña le decían: Radio Holanda o por qué no Radio Tandil. Hoy, con la presencia en vivo de las cariñosas lampiñas.

Ojo con este Barraba nuevo de la música que casi se inclina. Y se anotó, parándose en seco y susurrante: ¿Hay alguien ahí?

Goooorciii…

¿Hay alguien ahí?

Este Barraba nuevo que salió en busca del paquete, que atravesó el palier, y que escuchó los ecos, volvió sobre sus pasos y se endureció contento de acomodarse la lengua con la solapa.

El palier estaba vacío por el momento silencioso y deshabitado, en el que caía la tarde como una rendija sin más apuro que el de las chauchas en el albañal. A la derecha se ubicaba la radio, en donde -me pareció que fue ayer- crecía el cristalero de los ecos repetidos.

Y se ahogaban en él las cacerolas, y los libros, y los canteros…

¡Sí, háblame de lo que tú quieras!

Pues entonces Barraba recordó una de sus narraciones más pintorescas con la que había logrado conmover a millones de espectadores: la del grajo azul mutante que, tras largos esfuerzos y angustias, había aprendido a coser.

Convocado por los ecos de la lampiña, mas atentos al latido del corazón que anheloso quería pronunciarse, el recuerdo a la visita de pobre facha le colocó una cinta, allí por donde se arrastran los puntos suspensivos.

Después de despedirse de los ecos y ver a la magnolia gastada, en su propio sentimiento, como si se sintiera extraña, una cosa del pasado, y a la vez no suya, sino incluida por todas las voces.

Después de despedirse los ecos de aquella tarde, solitaria, por obra y gracia de la casualidad más inaudita, lo mismo que decir: yo era Gorci y pasaba, cuando me encontré a Barraba acariciando el álamo caído.

Después de despedirse los ecos de aquella solitaria tarde…

¿Oyes cómo el silencio se artesona y ahueca?